Mon Tour du Mont Blanc

Las vías de comunicación

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Las cumbres no han constituido jamás un obstáculo en las comunicaciones entre poblaciones vecinas: esto es verdad principalmente si se piensa en el rol de paso que siempre han recubierto los cerros mayores existentes entre Valle de Aosta, Saboya y Vallese. Desde el tardío neolítico existían en Valle de Aosta y Vallese dos civilizaciones que se expresaban de modo muy similar: la del Petit Chasseur, en Sion, y la de Saint-Martin de Corléans, en Aosta. En estas dos localidades, en efecto, se han sacado a la luz, en tiempos recientes, dos áreas megalíticas con alineaciones de estelas antropomorfas con características muy similares. Se trata, para el área de Aosta, de un lugar de culto y sepultura, donde está presente también una interesante, sucesiva, aradura de consagración con siembra de dientes humanos. Estas dos comunidades debían necesariamente haber tenido contactos asiduos a través de algún cerro, probablemente, pero no necesariamente, aquel del Gran San Bernardo; huellas más concretas de pasaje humano en este cerro datan de la edad del bronce, cuando tuvo inicio un importante flujo comercial, para continuar después con la edad del hierro, caracterizada por la explotación de la extracción de este mineral y de su comercialización. Aún con otra vertiente, aquella de Saboya, existían amplias comunicaciones, que ha sido constatada por cromlech (círculo de piedras con probables funciones de culto y de punto de observación de los astros) encontradas en el cerro del Piccolo San Bernardo, datan de la primera edad del hierro, pero probablemente, según recientes estudios (Mezzena), mucho más antiguo.

El motivo del interés de los Romanos hacia el territorio situado alrededor del Monte Blanco era precisamente la presencia de cerros transitables en gran parte del año de un modo bastante fácil. En efecto, éstos iniciaron la colonización de los Alpes precisamente a causa de su conquista de los territorios de la Galia transalpina. El itinerario conocido por los Romanos fue diseñado en un mapa hoy famoso, el así llamado Tabula Peutingeriana, con el nombre de su posesor en la Edad Media: era un itinerario vial, redactado, en varias etapas, entre el siglo III y el siglo IV D.C: donde se indican los principales puntos de etapa de la época.

Los Romanos se insidiaron en las tres regiones en las tres décadas anteriores al nacimiento de Cristo: en Valle de Aosta fundaron, alrededor del 25 a.C. la ciudad de Augusta Pretoria, y en los años siguientes aquellas de Bergintrum (Bourg-Saint-Maurice), Axima (Aime), Darantasia (Moûtiers), y, por último, transformaron la ciudadela céltica de Octodurus (Martigny) en Forum Augusti Vallensium, renombrada después Forum Claudii Vallensium tras la muerte del emperador Claudio.

Éstos se opusieron inicialmente con las poblaciones autoctonas de los Veragri (Vallese), de los Salassi (Valle d'Aosta), de los Ceutroni (Tarantaise, Arly y alto valle dell'Arve), que tuvieron que derrotar antes de poder ocupar los territorios.

Los pasos más frecuentados fueron, también en la edad romana, el Gran San Bernardo, llamado Summus Pœninus (por el nombre de la divinidad céltica Penn, asimilada a Júpiter), a través del cual pasaban principalmente militares, y el Piccolo San Bernardo o Alpis Graia; en ambas colinas existían mansiones e mutationes (hosteles y puestos de cambio de caballos). Estos lugares de reparo y descanso fueron sustituidos alrededor del siglo XI, después de un período de abandono, por dos hospicios fundados por quien se habría convertido posteriormente en el santo de los dos cerros, Bernardo, archidiácono de Aosta, que quiso ofrecer a los viajeros cansados por las fatigosas subidas hasta los cerros, hospitalidad, pero también y principalmente, un lugar donde poder descansar en un lugar seguro de los asaltos de los ladrones que en los siglos anteriores habían germinado el terror en estos hauts-lieux. Muchos otros hospicios surgieron, a menudo por iniciativa de nobles o de órdenes monásticas (entre todas, la de los canónicos agustinianos del Gran San Bernardo) a lo largo de todo el recorrido de la vía principal que atravesaba los valles de los Alpes, llamada también, en la Edad Media, via francigena, recorrida, principalmente a partir del año del primer jubileo (1300), por loe peregrinos en viaje hacia Roma o Tierra Santa. En Vallese la calle procedente del Noroeste sobrepasaba la garganta de Saint-Maurice d'Agaune, en cuyo monasterio, se conservaban reliquias de San Mauricio, que se narra haya sido masacrado aquí por las tropas romanas, y subió después al valle de Entremont hasta el Gran San Bernardo, desde donde iniciaba el camino hacia Italia.

En el camino de los peregrinos, pero también de los comerciantes, soldados y transeúntes, nacieron estructuras de servicio como las tabernas y las casane (bancos de empeño para el préstamo de dinero) o puestos de recaudación de peaje, como también nuevos lugares de culto, al que se dedicaba una parada de oración. Precisamente atraída de la posibilidad de controlar los puestos de recaudación de los peajes y de la posición estratégica extraordinaria de conexión que esta área poseía, gracias a sus cerros transitables de modo relativamente fácil, entre Europea del Norte y Oeste por un lado y el Mediterráneo y Oriente por el otro, la antigua dinastía de los Saboya extendía progresivamente su dominio a todos los tres vertientes del Monte Blanco. Por esta razón se mereció el apelativo de "Portero de los Alpes".

En los recorridos no "oficiales", el vaivén de hombres y mercancías era menos fácil pero igualmente intenso, porque permitía evitar un gran número de puestos de aduana.

A través de las colinas du Bonhomme, des Montets, de la Forclaz i Ceutroni, y después de estos los Romanos y los Saboyardos, llegaron fácilmente al Vallese. Desde la Colina de La Seigne, un tiempo denominada La Lex Blanche, se pasaba fácilmente desde la alta Saboya (Beaufortain y Tarentaise) a Valle de Aosta, a través de Val Veny, transportando también mercancías de un cierto peso (quesos, principalmente) y ganado.  El mismo tipo de comercio se producía entre los dos Valles Ferret, aquel suizo y su gemelo italiano, a través de la colina del mismo nombre.

Fausta Baudin